En defensa de la desidia

Alguna vez escuché un chiste que me pareció muy bueno: pregunta Manolo, “Venancio, ¿crees que la ignorancia y la desidia sean la causa de todos los males?.” “No lo sé, ni me importa,” le responde Venancio.

Aunque es tentador pensar en la desidia como la causa de muchos de los males del mundo, los hechos apuntan a que, por el contrario, los mayores desastres se producen por la combinación de la ignorancia de las causas de determinado problema, con la acción equivocada y mal dirigida para erradicarlo. Uno de los ejemplos más notables es la ayuda humanitaria a países pobres, que lo único que logra es perpetuar regímenes corruptos e inmorales, quitándole recursos a gente pobre en países ricos, para dárselos a gente rica en países pobres.

Un detalle importante de cómo se toman decisiones que literalmente involucran la vida y la muerte de millones de individuos, es el hecho de que quienes las toman son personas consideradas altamente calificadas. Sin embargo, esta “calificación” casi siempre proviene de áreas totalmente ajenas al problema en cuestión: así, vemos como la opinión de un afamado matemático es ampliamente citada en relación con la viabilidad del Comunismo; o la opinión de un filólogo brillante puede ser usada como referencia para evaluar la necesidad de determinado programa económico. Y si a la ecuación se le suma el detalle de que el emisor haya recibido el Premio Nóbel, dicha opinión adquiere el peso de axioma (es un misterio de proporciones épicas cómo ha llegado a ser considerada “infalible” una institución que ha concedido premios “de la paz” a Yasser Arafat, Yitzhak Rabin, Barak Obama, Menachem Begin y Henry Kissinger…)

Esa frase que dice que “no hay nada peor que un pendejo con iniciativa” es tan certera que no parece posible superarla. Tal vez sólo anotar que cuando el pendejo en cuestión es considerado “experto,” las consecuencias pueden llegar a ser apocalípticas.

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